Dicen que los hombres somos como niños, que nunca crecemos y que nada más cambiamos de tipos de juguetes. Desde mi perspectiva masculina puedo decir que esto es cierto en muchos sentidos, y además que es bueno y saludable para el espíritu, el "madurar" no necesariamente tiene que significar perder la imaginación y la capacidad de asombro que caracterizan la niñez y convertirse en un aburrido adulto que sólo piensa en cosas supuestamente "serias".

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