Allá por el s. XIX, dicen que había un rey liberalote al que le gustaba jugar al billar. Como suele ocurrir en estos casos, había una corte de aduladores que aprendió a jugar al billar para poder dejarle las bolas colocadas a Fernando VII, que así se llamaba, para que de esta forma sólo tuviera que empujar el taco. Naturalmente la cosa no era gratis. El rey en agradecimiento les concedía ciertos privilegios y les mantenía como cortesanos favor
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