El Terro está hecho un trasto. Literalmente. Tras cometer un delito, no desperdicia dos segundos de su vida en idear la siguiente trastada. En la última, mi santo casi pierde la paciencia. Se salvó "por los pelos" de su castigo divino. Cuando llegué a casa, vi que el vecinito salía cabizbajo y que, del piso de arriba, salían unos gritos desaforados, que sólo podían provenir de la garganta de mi
Cabeza de hierba
2 años · Escrita desde Santa Cruz de Tenerife, España · Comparte:
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