Caí vencido con los primeros rayos de sol. Adentrándome lentamente en los dominios de la ensoñación. Campo plagado de escenas reales e irreales, de susurros y lamentos. Cuando inesperadamente un aire frío inundó la estancia, irrumpiendo, entre difusas imagines, los espíritus de mi abuela y mi tía Clara. Ambas compungidas y con lágrimas en los ojos me aclamaban: “Cuida de Libertad. No permitas que Don Oprobio llega a ella.”
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