Desde que era una imberbe de corta edad e ideas, me gustaron siempre las letras capitales de los libros antiguos perdidos por ahí en los rincones de la biblioteca pública, donde de cuando en cuando daba una visitada para cumplir con las obligaciones escolares, no importa lo que dijeran, si la primera frase del primer renglón de cada capítulo estaba adornado por una chorombolesca letra, con eso me bastaba para
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¡que viva la y griega!
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