Decía Federico Fellini que, a veces, por el bien de la propia cohesión interna de un filme, o de su coherencia global, era necesario sacrificar en la sala de montaje el plano más perfecto, el más bello: aquel del cual uno se sintiera más orgulloso. Viendo la película de debut de Tom Ford es inevitable acordarse de esta reflexión y comprender hasta qué punto es un consejo certero.
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