"Corrían las trescientas de la mañana y los roces intencionados se atropellaban uno detrás de otro por debajo de las cortinas. El uno fingía dormir mientras intuía al otro hacer lo mismo. Pero el tiempo pasaba muy lento en ese instante y ninguno acertaba realmente el estado vital del otro. Nadie en la sala entendía lo que ocurría, pero tampoco nadie alzó la voz con un: "Venga... seamos serios y adolescentes".

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