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De tacón al plano, como del amor al odio

He de reconocer que lo mío con el calzado es una relación de amor odio propia de la telenovela más empalagosa. Una fina línea los separa. Por motivos saludables, he pasado una temporada llevando zapatillas de deporte, “pisacacas” y zapato plano en general. Tenía la necesidad de tener los pies lo más cerca del suelo posible y no me importaba lo más mínimo estar a la altura que mi constitución me ha dado. No podía ni pensar en la posibilidad de ponerme tacones y me parecía increíble cómo hacía unos meses, había estado subida a unos “andamios”. Ahora controlaba mis pasos, la velocidad, la posición en la que ponía un pie delante del otro. Sin embargo, no sé qué fenómeno extraño se ha apoderado de mi voluntad pero llevo una semana subida a unos zapatos incómodos, altos y con una suela tan fina que si piso una hormiga me muerde el dedo gordo. Pero, ¡estoy tan mona! No sólo he crecido unos seis centímetros, sino que, además, he adelgazado, o al menos, me miro al espejo y me veo más estilizada. Tal vez sea cierto y e...
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