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Dios y las peluqueras

El séptimo día Dios descansó. Y el octavo. Y el noveno. Pero, al llegar la mañana del décimo día, Dios se aburría como una ostra. Y su cerebro empezó a barruntar: "A ver...ya he hecho que la mujer se ganara el pan con el sudor de su frente (que la frente y las axilas del hombre, por mucho Axe que se ponga, no da para pagar la hipoteca), he hecho que paran con dolor (daos cuenta de que faltaban

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