Se le puede ver prácticamente a diario apostado en la única salida del lugar. Vigila desde lejos a la gente que se dirige hacia sus coches, y modifica su posición para que encontrárselo sea inevitable.
La mirada inocente, como ese perrillo que te pide una galleta por compasión, como si no acceder a su súplica supusiese su muerte por inanición.

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