Resulta inevitable ser parte de la estadística que, año con año, engruesa las filas de los que sufren la cuesta de enero. En el caso propio me estreno en ese status tan común para los (orgullo sobrado) mexicanos en el que, con un salario mínimo que crece lentamente y precios que sufren de elefantiasis, entramos a la segunda quincena sudando una gota gorda de negra en campos de algodón.

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