Mientras pasaba al fondo de la librería, mi visión periférica me avisó. Qué guapa. Y como suele ocurrirme cada vez que recibo una sacudida de este tipo, me previne. Tentado a completar la imagen, a colocar adjetivos a aquel rostro que se había levantado desde el mostrador para saludarme, preferí continuar, pasar de largo, hacer un vago gesto de saludo y refugiarme en el estrecho hueco entre dos enormes estantes al fondo de la librería. Evaluar
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