Aquel pueblo permanecía abierto. Cualquiera podía entrar, por alguna de las carreteras que llevaban hasta allí, y pasar el día en él. La gente disfrutaba de su oferta de ocio, de su cultura, de la compañía de sus gentes, de sus instalaciones deportivas... La única condición que existía es que, todo el mundo que no era habitante del lugar, debía abandonarlo al anochecer. La noche era tiempo de
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