La rotunda y estriada mujer saudí se asegura de que mis manos permanecen en el sofá sentándose en mi regazo y empujando mis brazos levemente hacia atrás con sus rodillas. Ladea súbitamente la cabeza y el pelo se lanza a cubrirle medio rostro. Desde allí me vierte una mirada de deseo, o más bien de cómo es entendido el deseo entre comunes, una mirada que quema del modo sucio en que quema el plástico derretido. Se balancea y sus pechos hinchados
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