Recuerdo la primera vez que fui a Madrid. Quedaba poco para Navidad y había quedado con un amigo del colegio en el kilómetro cero. Aquel lugar, que ya existía en mi memoria por ser el escenario de las campanadas de Nochevieja, me dejó pasmado.
No era yo la única que se había citado “allí donde se cruzan los caminos”; había grupos de amigos, familias fotografiándose, vendedores de lotería repartiendo suerte, todo olía a castañas asadas

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