Pudimos ver en directo cómo el caballo de la historia galopaba desbocado, sin jinete. Miles de ciudadanos, armados con picos, palas, martillos o con las manos de su rabia contenida, de su desesperación ante un horizonte cerrado y represivo, derribaban el muro. Era el más simbólico, entre tantos habidos y por haber, el lugar de peregrinación de líderes occidentales, como Kennedy, cuando W. Brandt era alcalde de la parte occidental de aquel Berl
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