No sé si es el otoño, que abandona la trémula calidez que suele dejar el verano y que coge carrerilla para adentrarse en las gélidas manos del invierno, pero hoy he amanecido con el corazón frío. Tengo las manos temblorosas y me pregunto si el miedo ha hecho también su trabajo. Los pies, esos pequeños carámbanos hijos de puta, siguen en su línea. A éstos les da igual que sea agosto que la despedida de un octubre
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