Amanecía. Casi se podía intuir el calor del sol contra las cortinas y distinguir los laberintos del cielorraso trabajado. La luz gris del alba apenas iluminaba la quietud del momento, hasta que un leve movimiento bajo las sábanas rompió el encanto. Unos labios tibios presionaron contra el costado de su cuerpo, subiendo despacio, acompañados en la caricia por manos aún más calientes que hicieron estremecer su piel fría.
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