Cuando inicié este blog, 378 entradas atrás -incluyendo esta-, esto de bloguear era más sencillo. Más emocionante, añadiría. Abrías tu buzón de entrada y saltabas de alegría internamente cuando alguien había dejado un comentario en una entrada tuya. Y escribías otra, y otra, y otra. Los comentarios solo eran el glaseado sobre el dulce pastel de saber que tenías una voz y que tal vez, solo tal vez, alguien más en
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