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La casa de Dios

Amanecía. Un sol sofocante enceraba sus rostros curtidos por la intemperie. La fila era todavía pequeña. Fantasmales, iban apareciendo de cada rincón de la ciudad. Eran los mismos infelices de siempre, los mismos mendigos anónimos estrujados por el cansancio. Muchos ya ni recordaban la última vez que se tumbaron en un catre o se sentaron a la mesa para llenar la tripa con algo caliente.

El hermano José abrió la puerta trasera del templo

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