Dos veces, tres, es aún posible. Cuatro no puede ser casualidad. El hombre canoso y mal afeitado del traje gris deshilachado recorre con su tembloroso dedo los libros, uno a uno, de arriba abajo, como si los fuera sumando, como si fuera añadiendo los títulos a un recuento mental inexistente, como si los viera por primera vez aunque esta fuera ya la cuarta. Sé que cuando alcance el de Bierce se detendrá, buscará en el bolsillo
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