Lo que está sucediendo en Afganistán, como antes en Iraq y en tantos otros lugares, ya es una realidad tan implantada en nuestras vidas cotidianas que ni siquiera nos provoca alarma. Sin embargo el precio que se paga por ello es elevado y doloroso, enarbolando el grandilocuente nombre de la democracia, un sistema que, al parecer, no tiene reparos en utilizar cualquier recurso, por innoble que sea, con tal de implantarse.
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