Es una perogrullada. Uno deja de ser niño cuando crece. Físicamente, al menos. Todos conservamos un poco de ese niño dentro, siempre. Pero el tiempo se nos va llevando la parte de fuera. Nuestra apariencia, nuestra mente, nuestra capacidad de sorprendernos. Poco a poco va mutando, apareciendo o desapareciendo. Hay personas que tienen el brillo del niño en los ojos, todavía, y yo confío en ellos.
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