Una mañana cualquiera de la primavera sevillana, me encontraba en la puerta por la que salían los detenidos del “punto cero” de la ciudad, allá donde agoniza la avenida República Argentina, cuando pasó por mi lado una extraña comitiva.
Se trataba de un grupo de siete hombres que eran conducidos a los juzgados de violencia de género custodiados por una pareja de poclicías. Iban esposados de a dos, uni

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