Aquella noche de verano Sevilla ardía a fuego lento sobre las brasas candentes de las sombras. Las paredes de las casas, encendidas en su interior por la flama, expulsaban a la calle a los individuos, que se marchaban sin preocuparse de cerrar tras de sí las puertas de las casas abandonadas.
Aquiles atravesó entre sofocos el zaguán de entrada al bloque y desemba

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