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    Capítulo VIII: MÁS DE MIL PERDONES

        Había pasado media hora de la medianoche cuando se apostaron frente a la farmacia elegida. Fernando distribuyó las funciones de cada uno de los asaltantes, quienes obedecían a pies juntillas la avalada veteranía del jefecillo que había sido capaz de traerles desde Vigo a Sevilla a golpe de vehículo robado sin que, por el camino, les hubiera faltado de nada que comer ni que asaltar; afuera vigilarían dos de ellos, mientras el resto entraría una vez que él abriera la verja con la palanca de acero. El, su hermano Ja Enlace permanente.

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