Tenía tan sólo dieciocho añitos cuando el dictador la espichó. Mi madre siempre se quejaba de andar tras de mí por donde las manifestaciones, suplicando a los grises que la dejaran pasar, que su niño estaba entre el tumulto esquivando las pelotas de goma –que no sé por qué las llaman de goma, porque duelen un huevo-.
Con esa edad no es que uno tuviera una visión completa del mundo, pero ya tenía bien

Entrar