Recuerdo que cuando era yo una moconeta de apenas un escaso lustro de años, nos llevaron en la primaria a ver una obra de teatro, de esas rosas, como de la Disney, donde habían los componentes que no podían faltar: el dragón, la fémina en apuros, el ogro malvado y por supuesto el tan esperado príncipe azul.
Este último tal cual era azul, neta, era un muchacho de buen torso, con mayas que dejaban entrever su llamativa entrepierna (si, de

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