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contenido Mark Laita en Berlín

Si miramos atentamente a nuestro alrededor resulta difícil encontrar otra cosa que no sea abismo y misterio. Resulta sorprendente que una criatura tan minúscula como el ser humano, cuya importancia en el cosmos es computable a cero, pueda llegar a tener la osadía de pretenderse capaz de entender el funcionamiento de la vida y el universo. A no ser que creamos con Pico de la Mirandola (Discurso sobre la dignidad del hombre, 1486) que el ser humano fue creado por Dios para poder conocerse y admirarse a sí mismo, o dicho de otra manera para que el primero llegara a conocer y amar la belleza, la inteligencia y la grandeza de la obra divina. Pues del mismo modo que puede discutirse si una manzana hace ruido al caer de un árbol si no hay nadie ahí para oírlo, Dios podría haber necesitado de al menos un espectador para que su obra existiera. Incluso para el creyente, sin embargo, la vida no deja tal vez jamás de ser esencialmente misterio. Un misterio que se expresa y despliega incesante y fascinadoramente y acaso e...
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