En Mandalay los recuerdos viajan sobre cuatro ruedas. Cada imagen de esa caótica ciudad fue recogida en la parte trasera de una pequeña furgoneta azul que hacía las veces de taxi. Los saludos de los viandantes, de las familias enteras que ocupaban una diminuta moto, de los niños que saltaban a la carretera ansiosos de que les dijeses “hola”, de los monjes que daban color a las andenes… todo tenía el ritmo que los baches imponía, el olor a gaso
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