Por unos minutos pensé que había llegado el fin de la crisis económica y que España había recibido una inyección masiva de dinero fresco de origen desconocido.
Ocho de la tarde del lunes 5 de julio, 37 grados centígrados desplomaban plomo sobre Madrid. Las dos horas anteriores transcurrieron para mí entre el sillón refrigerado de mi dentista, no necesitó anestesiarme, y por lo tanto no podía estar vi

Entrar