Sentado al lado de mi novia en el suelo yermo del parque, siento el roce suave del viento sobre un moretón cubierto de baba que tengo en la base del cuello. Un pequeño círculo de dientes quedaron apenas marcados, pero no duele ni nada. En algún punto dentro de mi cuerpo, un impulso eléctrico le dice a mi cerebro que libere endorfinas y me sienta feliz, realizado, mientras la saliva se seca y los labios de Agustina suben po
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