El ser humano, que a lo largo de la Historia ha demostrado reiteradamente ser un animal de costumbres, por lo general, presenta una gran resistencia a los cambios. Quizá la máxima expresión de su ansia de estabilidad –y la consecuente y tranquilizadora rutina que se deriva de ella– radica en dos simples hechos.
El primero –aunque el orden puede variar, ya que no indica necesariamente

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