Hacía frío, y Sara aún sudaba. No sentía ya sus manos, y sus pies decían “Ya no más”. Pero había que seguir, seguir hasta llegar a la cumbre.
No era la cumbre de una montaña, sino mas bien de una utopía. Un antojo de esos que dan cuando uno quiere trepar sin rumbo por las sendas de la vida. Y Sara lo sabía bien, si.

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