Durante muchos siglos, griegos, romanos, persas y egipcios volvieron sus ojos hacia Apolo, el dios lunar, con la esperanza de ser recompensados con grandes fortunas. El hijo de Zeus y Leto poseía, por encima de cualquier otro, el don de la profecía. De ahí que quienes acudían a él buscaran consejo para su vida futura. El espacio visita los santuarios que estos primeros
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