Madrid. Sábado. Ocho y media de la tarde. Emerjo de la boca del metro y compruebo que el sol comienza a ocultarse. Sin embargo, el calor que, tras una semana de tregua, lleva de nuevo un par de días acompañándonos se niega a remitir. Avanzo por la acera y noto cómo una especie de vaho invisible, cálido y pegajoso me sube por las piernas y se adhiere a mi piel.
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