En una ciudad donde a las diez de la mañana los termómetros marcan treinta y dos grados y las chicharras se desgañitan con sus cantos en alta fidelidad desde las primeras horas del día, el concepto realidad es a veces difícil de delimitar.
Sevilla es así de dual; sorprendente y cansina a la vez. Y los sevillanos viven sumergidos en una aparente apatía que no es sino una técnica de supervivencia en un

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