Aunque confieso ser un fanático de la aviación, he llegado a la conclusión de que odio viajar por avión. No, no soy aerofóbico, ni tampoco claustrofóbico. Simplemente me desagrada estar amarrado a una silla durante 14 horas en medio de un cigarro de metal gigante que se mueve más que un terremoto de 8 grados en la escala Richter y comiendo comida tan mala que hace que la comida congelada del Sam’s parezca digna de un restaurante de tres estrel
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