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Tenemos derecho a saber quién cenaba con él a nuestra costa

                 Bueno, pues creo que ya lo logré. Me había cansado de mirar y remirar los periódicos para ver si indicaban un nombre, un oficio, una edad aproximada, una relación de parentesco a lo mejor, una historia de amor, un arrebato de sexo loco, o si era hombre o mujer la contraparte, al menos. Y nada. Sólo expresiones circunspectas o malamente insinuantes, la puntita de la noticia nada más, del tipo “la misteriosa persona que lo acompañaba en todos esos viajes”. Con tanto misterio amagado ya me había convencido más que de sobra de que no se trataba ni de su madre ni de su esposa o esposo ni de algún hijo de su propia carne o en adopción. Tampoco me explicaba a qué tanto secreto si hubiera sido un amigo de la infancia, un compañero en la dirección de alguna ONG, pía o no, un sacerdote confesor, un director espiritual, un profesor de inglés, el sastre… A veces anda uno tan apurado, tan apretado de tiempo, que tiene que aprovechar los fines de semana para tareas así, que si aprender idiomas, que si rega...
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