A las seis de la tarde truena la pirotecnia. La abuela teje en la mecedora, ubicada en la banqueta, junto al árbol que ha cuidado el porche de su casa durante años.
Ella reflexiona en voz alta diciéndole a la vecina, —quien a esa hora avienta tinas de agua para apacentar el volátil polvo que todos los días deposita la garganta de la cementera—.

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