La nariz de Alberto tenía vida propia. A él le hubiera gustado que fuera dócil y no llamara la atención, pero a ella eso no le iba. Cuando algo no le gustaba, se arrugaba ostensiblemente obligándole a gesticular con todo el rostro, gesto percibido por sus interlocutores que acaban por ofenderse.
Además, era coqueta y enamoradiza. Mantenía una relación frecuente con su dedo índice derecho, que estaba ciego de amor por ella.

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