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EL CANTO DE AMOR DE J. ALFRED PRUFROCK por T.S. ELIOT

Vámonos, pues, tú y yo, cuando el atardecer se tiende sobre el cielo como un paciente anestesiado sobre una mesa; vámonos por algunas medio desiertas cal es, cuchicheantes retiros de inquietas noches en hoteluchos de una noche, y restaurantes de aserrín con conchas de ostras: calles que se prolongan como disputas fastidiosas de intención insidiosa que te van conduciendo hasta alguna pregunta aplastante. . Oh, no preguntes “¿Cuál?” Vamos a hacer nuestra visita. En el cuarto, las mujeres van y vienen hablando de Miguel Ángel. La neblina amarilla que se restriega el lomo contra el cristal de las ventanas, la neblina amarilla que se frota el hocico contra el cristal de las ventanas, pasó la lengua por los rincones de la tarde, paró en los charcos que quedan en los desagües, se echó en la espalda el hollín que cae de las chimeneas, resbaló en la terraza, dio un repentino salto, y viendo que era una suave noche de octubre, se enroscó alrededor de la casa y se quedó dormida. Y, en verdad, ya habrá tiempo para el hum...
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