Tenía unas piernas escultóricas: dos columnas perfectas sostenidas por unos zapatos elegantísimos de tacón alto. Las cruzaba casi con una perfección geométrica, donde el equilibrio sostenía el zapato a la altura exacta: la falda en el límite justo. Unas piernas acariciadas por una luz que se amoldaba a la curvatura de los muslos, que se enredaba en el comienzo del pie, que se hundía en los tobillos. Unas piernas de piropo. Para su edad, deberí
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