–Pedrito, cómete las zanahorias, que son muy buenas para la vista.–Jo, mamá, es que no me apetecen.–Tú cómetelas, que verás como así nunca tendrás que ponerte gafas.–Pero es que no me gustan.–Que te las comas de una vez.
Y Pedrito se las comerá, todos lo sabemos; si no es en el almuerzo, será en la merienda y, si no, en la cena. No hay gusto, llanto o fuerza de la naturaleza capaz de evitar que una madre obligue

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